Mira por dónde andas

Tenemos prisa. Incluso cuando no la tenemos. Y cuando la tenemos tendríamos que preguntarnos por qué. Realmente hay que correr. Me gusta detenerme a veces. Aunque siga avanzando me subo a mi nube. Para poder mirar. Mirar todo aquello que nos perdemos. Lo tenemos delante de nuestros ojos, pero no lo vemos. Demasiado ocupados por ver lo que no se nos muestra. Y nos perdemos lo más sencillo.

Me gusta mirar por dónde camino. Para no tropezar, sí. Pero también para ver qué es lo que pasa bajo mis pies diariamente. Es curioso observar la cantidad de información que tenemos bajo nuestros pies.

El suelo nos sostiene. Siempre lo ha hecho. Y como si no nos fiáramos de él ahora lo recubrimos de un material duro y gris. Como para protegernos de la superficie del planeta. Sí, ya lo sé, es para que los vehículos funcionen mejor. También parece que sea para no improvisar. Para ir de un sitio a otro por el mismo camino. Esos caminos no acercan, aunque también nos roban la posibilidad de perdernos o explorar otras variantes.

Lo recubrimos todo con asfalto. Si el asfalto no llega parece que el lugar no existe. Y si existe parece que allí nadie vive, porque nadie puede llegar. Es el paso previo. Asfaltar. Después de esta acción, la vida ya puede establecerse. Ya pueden ocurrir cosas. Ya podemos ir.

Una vez tenemos la capa de asfalto nos olvidamos de ella. No le hacemos caso. Salvo cuando se rompe. A través de la herida vemos la realidad. Vemos realmente la superficie que nos soporta. Y nos molesta. Nos duele verla. La volvemos a tapar. En ocasiones somos nosotros quienes abrimos esas heridas. Hay que trabajar bajo el asfalto. Necesitamos tuberías, cables, canalizaciones de gas… Cosas que nos ayudan y que tampoco queremos ver. Lo escondemos.

Volvemos a cubrir nuestro suelo ficticio con parches grises. Otros grises. Contrastan con el gris original. Nos parecen heridas. Quisiéramos que no se notara. Que fuera otra vez uniforme. Y volvemos a perdernos lo que el azar pone delante de nuestros ojos. Las personas que se encargan de reparar nuestro suelo lo hacen de manera funcional, sin mayor intención creativa. Sólo se preocupan de que vuelva a funcionar.

Si nos detenemos un momento frente a estas representaciones podemos observar lugares curiosos. No sin cierto misterio. De alguna manera parece que el espíritu del suelo que hay debajo se filtrara hacia arriba para generar algo de aleatoriedad en un mundo anodino. Algo que aporte un poco de frescura a nuestra visión aburrida y gris. Pero no lo vemos así. Lo vemos como una herida. Como algo que estaba bien y ahora ya no lo está. Nos molesta. Incluso nos parece incómodo.

Esta serie de fotografías pretende hacernos bajar la mirada. No por verguenza. Tampoco para no tropezar. Simplemente para mirar. Incluso en lo anodino y gris existe la belleza y la novedad. Pero tenemos que hacer el pequeño esfuerzo. Detenernos un momento y mirar. Si en lo ordinario podemos ver cosas que nos conmuevan, estaremos más capacitados para asombrarnos de lo extraordinario.

Todas las imágenes © albert ortiz valor  2013

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